El cielo es azul, la tierra blanca: Una historia de amor (Narrativa del Acantilado)

El cielo es azul, la tierra blanca: Una historia de amor (Narrativa del Acantilado)

Language: Spanish

Pages: 0

ISBN: 8492649143

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria. Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. Entre ambos se establece un pacto tácito para compartir la soledad. Escogen la misma comida, buscan la compañía del otro y les cuesta separarse, aunque a veces intenten escapar el uno del otro: el maestro, en el recuerdo de la mujer que un día lo abandonó; Tsukiko, en un antiguo compañero de clase. Con una prosa sensual y despojada, Kawakami nos cuenta una historia de amor muy especial: el acercamiento sutil de dos amantes, con toda su íntima belleza, ternura y profundidad. Todo un descubrimiento literario.

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?¡Qué va! �Claro que no! ?exclamó uno. ?¡Pues claro! Son auténticas amanitas ?aseguró el otro. El maestro seguía sonriendo. Se llevó su seta a la boca de nuevo. ?Demasiado roto ?susurró con los ojos cerrados. ?¿Ha dicho algo? ?le pregunté. ?Uno demasiado roto, y el otro demasiado descosido ?repitió?. Prueba la seta, Tsukiko ?me ordenó el maestro, como si estuviera dando clase. Todavía recelosa, saqué la punta de la lengua y lamí la seta que tenía en la mano, pero sólo sabía a polvo. Toru y

abierto bajo mis pies. De haberlo oído, el maestro me habría dicho algo como: �Así me sentiría yo si me encontrara con mi esposa, que me abandonó muchos años atrás. Pero uno no se siente así por el simple hecho de visitar a la familia que vive en la misma ciudad. �Qué exagerada eres, Tsukiko!». Mi madre y yo teníamos caracteres parecidos. El maestro podía opinar lo que quisiera, pero lo cierto es que en ese momento éramos incapaces de mantener una conversación. Esperamos en silencio el regreso

tomaba una taza de té. También comí un par de mandarinas. El futón conservaba la calidez de mi cuerpo. Pronto me adormecí. Me desperté al poco rato y retomé la lectura de la revista. De ese modo, me olvidé de comer. Así pasé todo el día, tumbada en el futón, presionando con un pañuelo de papel la herida sangrante de la planta del pie y esperando a que se me pasara el mareo. Los ojos me hacían chiribitas, como si estuviera frente a un televisor estropeado. Estaba tumbada boca arriba, con una mano

?Eres un poco torpe, �verdad, Omachi? ?me preguntó. ?Efectivamente ?confirmé. Takashi se echó a reír de nuevo. Su risa era cálida. Dirigí la mirada hacia el lugar donde se encontraba el maestro y escruté la oscuridad, pero no pude distinguir nada. ?Déjamelo a mí ?dijo Takashi. Me quitó la esterilla de la mano y la enrolló cuidadosamente. ?¿Adónde vamos? ?le pregunté mientras nos alejábamos del terraplén donde se celebraba la fiesta y bajábamos las escaleras que nos llevarían a la carretera.

El chico hizo una segunda reverencia. El tabernero empezó a servir el pescado crudo en la fuente que le había traído su sobrino. El hombre gordo observó al muchacho detenidamente durante un momento y volvió a centrar la atención en su comida. Cuando el gordinflón se fue, otros clientes empezaron a pedir la cuenta y la taberna se quedó vacía. Desde la cocina, donde estaba el sobrino del tabernero, llegaba un chapoteo de agua. Satoru sacó un pequeño recipiente de la nevera y repartió el contenido

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