Pedro Paramo

Pedro Paramo

Juan Rulfo

Language: English

Pages: 124

ISBN: 0802133908

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


Dentro de su brevedad, determinada por el rigor y la concentración expresiva, Pedro Páramo sintetiza la mayor parte de los temas que han interesado siempre a los mexicanos, ese misterio nacional que el talento de Juan Rulfo ha sabido condensar por medio de los cotidianos habitantes de Comala, región inscrita ya en la mitología literaria universal.

Disturbing the Peace

The Futurist

In Between the Sheets

The Covenant: A Novel

Dreadnought (The Clockwork Century, Book 2)

Amnesia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

hombre. ¡Levántate, Donis! Míralo. Se restriega contra el suelo, retorciéndose. Babea. Ha de ser alguien que debe muchas muertes. Y tú no lo reconociste. —Debe ser un pobre hombre. ¡Duérmete y déjanos dormir! —¿Y por qué me voy a dormir, si yo no tengo sueño? —¡Levántate y lárgate a donde no des guerra! —Eso haré. Iré a prender la lumbre. Y de paso le diré a ese fulano que venga a acostarse aquí contigo, en el lugar que voy a dejarle. —Díselo. —No podré. Me dará miedo. —Entonces vete a

despertarme. Yo me quedé tieso, aguantando la respiración, buscando mirar hacia otra parte. Hasta que al fin logré torcer la cabeza y ver hacia allá, donde la estrella de la tarde se había juntado con la luna. —¡Tome esto! —oí. No me atrevía a volver la cabeza. —¡Tómelo! Le hará bien. Es agua de azahar. Sé que está asustado porque tiembla. Con esto se le bajará el miedo. Reconocí aquellas manos y al alzar los ojos reconocí la cara. El hombre, que estaba detrás de ella, preguntó: —¿Se siente

difunta y por usted beberé este trago. —¿Y por él? —Por él también, ¿por qué no? Llenó otra copa más y los dos bebieron por el porvenir de aquella criatura. Así fue. Comenzaron a pasar las carretas rumbo a la Media Luna. Él se agachó, escondiéndose en el galápago que bordeaba el río. «¿De quién te escondes?», se preguntó a sí mismo. —¡Adiós, padre! —oyó que le decían. Se alzó de la tierra y contestó: —¡Adiós! Que el Señor te bendiga. Estaban apagándose las luces del pueblo. El río llenó

sabes qué me contestó? “No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a su hija. Ése ha sido su mejor trabajo”. »Así que te quiere a ti, Susana. Dice que jugabas con él cuando eran niños. Que ya te conoce. Que llegaron a bañarse juntos en el río cuando eran niños. Yo no lo supe; de haberlo sabido te habría matado a cintarazos. —No lo dudo. —¿Fuiste tú la que dijiste: no lo dudo? —Yo lo dije. —¿De manera que estás dispuesta a acostarte con él? —Sí, Bartolomé.

yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche gemía, gemía largamente. Pabellones de nubes pasaban en silencio por el cielo como si caminaran rozando la tierra. Susana San Juan oye el golpe del viento contra la ventana cerrada. Está acostada con los brazos detrás de la cabeza, pensando, oyendo los ruidos de la noche; cómo la noche va y viene arrastrada por el soplo del viento sin quietud. Luego el seco detenerse. Han abierto la puerta. Una racha de aire apaga la lámpara. Ve la

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